EL KERIGMA, UNA EXPERIENCIA PERMANENTE

“Exaltado a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado. Es lo que estáis viendo y oyendo.”
Hch 2,33

“¡Necesitamos un nuevo Pentecostés!
¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza!.”

1. A las hermanas y hermanos de nuestra Arquidiócesis de Monterrey, un saludo de parte mía y de Jesucristo, Nuestro Señor, que me ha encomendado el ministerio episcopal de apacentar a todos los fieles. Que la gracia del Señor se derrame sobre todos Ustedes. Quiero presentar una reflexión pastoral a la luz del objetivo del Plan de Pastoral Orgánica 2011-2015 con la finalidad de exhortar a todos los fieles de nuestra Arquidiócesis a mantener el esfuerzo y renovar nuestro ardor en la tarea evangelizadora de la Iglesia.

El acto de fe de los discíSr.Arzobispo-90pulos

2. El Espíritu Santo guía a la Iglesia y la impulsa a llevar el gozo del Evangelio a todos los rincones de la tierra, a los márgenes de la sociedad. Es una misión que debe llegar a todas las periferias. La fe que profesamos en nuestra Iglesia de Monterrey es fruto del cumplimiento de la Palabra de Dios que ha sido sembrada, impulsada por el Espíritu, ha crecido y alcanzado ya frutos de salvación para muchos hermanos nuestros. En cada etapa de la historia, el Espíritu sigue alentando nuestra fe iluminando nuestro camino hacia la comunión cada vez más perfecta con Dios Padre, como verdaderos discípulos de Cristo. En este Año de la Fe, hemos iniciado otra etapa de nuestro Plan de Pastoral Orgánica con la celebración de nuestra Asamblea Eclesial Arquidiocesana 2012, la cual ha sido un encuentro de vida y gozo en la fe, que mueve nuestra esperanza diocesana. Estamos en camino hacia la meta de la comunión plena con el amor de Dios Uno y Trino, lo cual es fuente de gozo y de cuya agua hemos de beber constantemente, pero necesitamos renovar nuestra fe cada día, conscientes de las debilidades, errores y adversidades que toda comunidad enfrenta. Nuestra meta es la santidad, es la vocación que el Señor nos ha revelado, es el don pleno del Espíritu derramado por Dios a todos los hombres para que crean, se arrepientan y reciban el bautismo. Queremos hacer nuestra la exclamación de los Obispos reunidos en Aparecida: ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! Y salir a proclamar a todos los seres humanos de nuestro tiempo las maravillas del amor de Dios.

3. La vida del discípulo nace de un acto de fe, de amistad, de adhesión libre a la persona del Hijo de Dios, Jesucristo, Señor Nuestro, y se alimenta de la gracia del Espíritu Santo. Pero todos somos conscientes de la superficialidad con la que viven muchos bautizados, reflejada en una vida débil y triste, carcomida por los pecados personales de muchos de nosotros, la dificultad propia de la limitación humana, los cansancios y los accidentes sufridos a lo largo del camino. El dolor y el sufrimiento de los corazones de muchos de nuestros hermanos que padecen el horror humano de la injusticia, la corrupción, la barbarie de los asesinatos, secuestros, extorsiones, vejaciones, faltas de respeto a la dignidad humana, pobreza y, otros tantos pecados actuales que son voces que claman al cielo en espera de un rocío que dé un poco de frescura a la vida e irradie un poco de luz, dándole un sentido nuevo al hermano que sufre. El Señor Jesús, espera de nosotros acciones que puedan ser testimonio de su amor infinito para todos los hombres transmitiendo el don de la fe en lo profundo del corazón del ser humano, pues “el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo”. La Iglesia debe compartir el don de la fe en Dios que ha querido encarnarse para vivir con nosotros y compartir la limitación de la vida humana, menos en el pecado, con la Palabra de amor y misericordia, participando de su muerte y resurrección por medio del Espíritu Santo.

El Kerigma como encuentro con Cristo

4. Es necesario que todas las mujeres y hombres de nuestra Iglesia experimenten el encuentro con Jesús, que se les ofrezca la oportunidad de contemplar el rostro del Siervo de Yahvé crucificado y resucitado. Este encuentro vivo, capaz de sanar, fortalecer y llenar de esperanza los corazones, ha sido llamado kerigma: el mensaje de amor que es el Hijo de Dios hecho hombre. Se trata de un encuentro que envuelve todas las dimensiones de la vida, un encuentro de Persona a persona, en una relación viva, dinámica, sanante y elevante para el ser humano, quien recibe este mensaje de amor: “Tu eres mi hijo muy amado” (Mc 1,11) pronunciado por Dios Padre en Jesús. Es una experiencia a la que todo hombre necesita regresar constantemente, no es sólo un momento puntual, aislado, sino un “año de gracia” proclamado por Dios (Cfr. Lc 4,19). El kerigma es una identidad: el discípulo cristiano vive en el kerigma, escuchando cada día la llamada del amor de Dios, vive en diálogo personal, en comunión con Cristo, quien lo hace capaz de transmitir ese gozo a los seres humanos y de transformar los ambientes de oscuridad en ambientes propicios para la caridad. Es un rasgo de la identidad del discípulo de Jesús: vive en el encuentro, en la búsqueda y contemplación de su Rostro (Sal 26,8).

5. Nuestra Iglesia debe ofrecer al ser humano del día de hoy la posibilidad de experimentar este encuentro, penetrar con fe en su misterio y esperar la vida eterna, adhiriéndose de corazón al Reino proclamado por Cristo. El kerigma no consiste sólo en un contenido conceptual o el producto de un taller, ni de una “aplicación” conceptual a alguna realidad concreta; si consideramos el kerigma como un conjunto de ideas, nuestra misión no llegará al corazón humano. El discípulo de Cristo sabe cuál es la casa donde vive su Padre amoroso, el hogar donde Jesús lo espera, donde se puede encontrar con quien lo ama. Cada sector de la Iglesia debe propiciar de manera constante este encuentro a través de experiencias, dinámicas, retiros, encuentros de oración, etc., dirigidos a los diversos sectores de nuestras comunidades, de manera que su fe y su entrega como discípulo crezca, madure y dé mucho fruto. Sólo en el encuentro constante con nuestro Maestro, podemos comprender porqué nos envía a todo ser humano para invitarlo a participar de este encuentro, tomando en cuenta la realidad del hombre de hoy, ofreciendo el servicio como hermanos, no como maestros, sino con la humildad de un discípulo enviado, servidores de la viña del Señor, no dueños. El Documento de Aparecida nos impulsa a tomar en cuenta, de manera especial, a quienes se han alejado de la Iglesia; cada sector de nuestra comunidad arquidiocesana, en comunión eclesial, tiene que ofrecer el servicio de ir a quienes no se acercan y, comprendiendo sus circunstancias, encaminarlos al encuentro del Señor. Para ello necesitamos formar discípulos misioneros que lleven la Buena Nueva a todo ser humano, en una misión de proximidad y de cercanía a los márgenes sociales, a todos los rincones, llevando al Señor en el corazón. De hecho, nuestra Arquidiócesis se alegra con la erección de cinco nuevas comunidades de misión: Santa Brígida y Santa Mónica, San Miguel Arcángel, Santísima Trinidad, Santa Clara de Asís y San Judas Tadeo.

La Palabra de Dios

6. Cada experiencia kerigmática debe partir de la Palabra de Dios. En un espacio y tiempo adecuados, con disposición a escuchar, la Sagrada Escritura, leída con piedad, especialmente en la lectura orante, crea el encuentro con el Señor, dejando que el mensaje de amor penetre cada vez más adentro de los corazones, hasta ese sagrario del encuentro entre Cristo y cada persona. Los discursos kerigmáticos de Pedro y Pablo en los Hechos de los Apóstoles, nos ofrecen el criterio, los alcances y el principal objetivo de la predicación del Evangelio que es el encuentro con el Señor Jesús y la vivencia comunitaria. Especialmente, hay que proponer los discursos del apóstol Pedro, uno en Pentecostés (Hch 2,14-47), y el otro en el Templo (3,12-26). En el primero, Pedro se dirige a quienes han conocido las maravillas de Dios en la historia del pueblo de Israel, pero se han alejado de Él y se incapacitaron para reconocer el amor de Dios en Jesús, hasta matarlo clavándolo en la cruz, pero el amor de Dios lo ha resucitado y ahora ha sido constituido Señor y Cristo. Es necesario reconocer este amor, convertir la vida hacia Él, ser bautizado y recibir el don del Espíritu Santo.

El discurso en el Templo nace por el estupor de quienes vieron cómo un tullido había sido curado por la fe en Cristo; Pedro predica que ese poder es el poder de Jesús glorificado, muchos renegaron de la santidad y justicia de Jesús, el camino de la Vida, quien fue tomado como un criminal y crucificado; el tullido fue reestablecido por la fe en Él, es necesario arrepentirse y convertirse para recibir la bendición de Dios. Todo encuentro kerigmático ha de partir de la lectura orante de estos textos del Nuevo Testamento, de manera que todos participemos de la fe en Cristo muerto y resucitado, emprendamos el camino personal y comunitario, hacia un discipulado más consciente, humilde y maduro. En el testimonio de los primeros cristianos encontramos experiencias de caminos de conversión que parten de la predicación apostólica exhortando a los hombres a adherir su corazón a los misterios del Reino de Dios proclamado por Jesús en palabras y acciones de caridad; a una fe que implica la renuncia y el desprendimiento hasta el grado de la muerte en cruz, pero con esperanza por la resurrección del Señor, comprometiéndose a luchar por alejarse del pecado, y a entregarse como discípulos verdaderos, guiados por el Espíritu Santo, en la misión de extender este Reino de Dios en comunión con Él y con toda la comunidad eclesial.

La relación personal con Jesucristo: la Eucaristía y la oración

7. La conversión a Cristo requiere la ayuda de la comunidad para perseverar en la relación personal con Él. La vida en Cristo es una dinámica, una fuerza en el tiempo una oportunidad de Dios que origina, sostiene, fortalece, sana, orienta y renueva el esfuerzo que cada discípulo hace por permanecer unido a Jesús, es decir, por ser fiel a Él en una promesa de amor, la cual reconocemos con el nombre de Alianza, la Alianza Nueva y Eterna. No hay encuentro verdadero con Cristo sin su gracia, no hay kerigma sin don de Dios, todo discípulo tiene otro rasgo de identidad: su fe y amor por la Eucaristía y la oración fervorosa, como diálogo personal y comunitario con Jesús, a partir de la Sagrada Escritura. La fidelidad del discípulo se nutre en este encuentro sacramental de la Eucaristía y la oración personal a partir de la Palabra de Dios.

El encuentro eucarístico es origen y meta, es fuente y culmen del encuentro del discípulo con Jesús y de Jesús con el discípulo. Nuestro camino eclesial necesita el esfuerzo de cada discípulo y sector eclesial por comprender desde la fe, la participación viva, activa y fructuosa en la Eucaristía, pues en ella se vive este encuentro constante y renovado con el Señor en la celebración de su Palabra, su sacrificio en la cruz y su resurrección que nos trae los frutos de su amor, de los cuales participamos en la comunión. El encuentro kerigmático, en su dinámica personal, conduce hacia la vida de la gracia, la vida llena de sentido por el amor de Dios que nos va configurando como personas adultas en la fe que buscan la comunión cada vez más fuerte, unidas por la fe en “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Ef 4,5).

“La Santísima Eucaristía lleva la Iniciación cristiana a la plenitud y es como el centro y fin de toda la vida sacramental” Si tomamos la Eucaristía como un ejercicio conceptual o ejercicio religioso obligatorio o como un entretenimiento de la religión, la reducimos a una propuesta de diversión cualitativa o requisito de pertenencia entre tantas otras que la sociedad actual ofrece, no propiciaríamos la cooperación del ser humano con la gracia divina y se quedaría infructuosa en el corazón de quienes participan en ella. Necesitamos empeñarnos en que la Eucaristía, especialmente la dominical, ayude a la conformación de la vida del discípulo como vida eucarística: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo.

La formación del discípulo misionero

8. El encuentro con Cristo en el kerigma, en la Eucaristía y la oración personal necesitan el apoyo de la comunidad para comprender desde la fe que el encuentro con Cristo nos llama a la conversión, cuya madurez se manifiesta en el discipulado comprometido y la comprendemos como una vida de amistad con Cristo. En la comunidad eclesial, hemos llamado a este momento “catequesis” la cual nos ayuda a profundizar en la vida de fe, mediante un proceso formativo permanente para crecer y madurar como discípulos de Cristo. En la catequesis vamos experimentando cada vez más profundamente el amor misericordioso del Señor, el cual nos invita a cambiar aspectos de nuestra vida como respuesta a ese encuentro personal, en el cual la gracia y el esfuerzo humano se unen fortaleciendo la vida en la caridad. Es necesario que nuestra comunidad ofrezca estas experiencias catequéticas de profundización y acompañamiento, que lleven la experiencia kerigmática a su madurez.

9. Las Palabras del Papa Benedicto XVI son provocadoras: “¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!…quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida.” Los obispos en Aparecida nos exhortan a entregar libremente la vida a Cristo decidiéndonos a ser amigos suyos e ir tras Él, cambiando la forma de pensar y de vivir, aceptando la cruz de Cristo, conscientes de que morir al pecado es alcanzar la vida. Esta vida de amistad madura con Cristo es uno de los primeros objetivos de la formación catequética.

10. Ya contamos con procesos formativos, quiero recordar el valor y empeño de comunidades parroquiales, religiosas y asociaciones de laicos que han desarrollado itinerarios formativos, desde el primer encuentro con Cristo, la iniciación cristiana y compromisos de vida cristiana, pero debemos cuidar que todos ellos ayuden a alcanzar esta madurez del discipulado, manifestado en la comunión plena con Cristo en su Iglesia y la misión evagelizadora y caritativa. A la luz de la primera y tercera líneas de acción de nuestro Plan de Pastoral Orgánica 2011-2015, los diversos sectores de la pastoral debemos proveer la acción necesaria para la experiencia kerigmática y la formación de los discípulos, cuidando que nuestras propuestas y actitudes hagan visible la comunión que el Espíritu Santo obra en la tarea evangelizadora de la Iglesia. Alentamos a que todos los sectores eclesiales entremos en discernimiento, para buscar juntos una experiencia eclesial de encuentro y conversión, de formación y compromiso con Jesús que nos permita madurar en la fe en comunión, incluyendo siempre un carácter vivencial que ayude a los fieles a encontrar sentido de fe en experiencias concretas de vida. Este discernimiento exige de todos, especialmente de los pastores, una mayor estatura moral como discípulos de Cristo y responsables de la comunidad eclesial.

11. En este camino de discipulado es necesario conocer el estado interior del discípulo para poder reforzar los cimientos de su fe. Sólo conociendo el corazón del discípulo de Cristo y las circunstancias del mundo actual podremos ofrecerle el anuncio del Evangelio de modo oportuno y adecuado en experiencias formativas permanentes que lo conduzcan a la madurez de su respuesta de fe a Cristo. Entre los rasgos de un discípulo de Cristo maduro en su fe están: la adhesión libre de su persona a Cristo; una honesta relación personal con Él; saber en quién cree y por qué; manifestar una fe viva y dinámica expresada en la caridad con acciones de solidaridad, y comprometiendo, con la ayuda del Espíritu, todas las dimensiones de su persona.

La formación debe brindar los elementos necesarios y adecuados para que la persona desarrolle sus dones espirituales y desempeñe consciente y responsablemente una tarea proporcionada a su vocación. Es un itinerario de vida, es un proceso dinámico y progresivo que favorece su crecimiento personal, le abre horizontes y nuevas perspectivas, le da seguridad y capacidad de riesgo para enfrentar dicha tarea en su propio estado de vida. Recordemos entonces que la formación del discípulo es un proceso personal de conversión, vivida en la espiritualidad de la comunión y esto implica ser testigos, dar testimonio de lo que creemos para ser fermento de la sociedad en la que vivimos. Esta formación debe tener un sentido integral: humano, espiritual, intelectual, comunitario, pastoral y misionero. Estas dimensiones exigen un discernimiento y un cuidado renovado de todos los que están involucrados en la formación de discípulos misioneros y todos los agentes de la pastoral. El Secretariado de Catequesis, a la luz de la Dimensión Nacional de Catequesis, ofrece una experiencia de formación permanente que inicia con el kerigma y conduce al discípulo a su madurez, acompañándolo por las diversas etapas del encuentro con Cristo, esta experiencia es llamada Proceso Nacional de Iniciación Cristiana, el cual debe ser una herramienta básica para nuestros agentes de pastoral en camino de madurez como discípulos de Cristo.

12. Nuestra preocupación por ofrecer este servicio a todo hombre de buena voluntad nos lleva a preguntarnos por el estado de los cimientos de la fe. Nos surgen preguntas como a los discípulos: ¿Comprenden su fe como una adhesión libre a Cristo? ¿Tienen una relación personal con Dios? ¿Cómo llevan su vida de oración con Dios? ¿Su vida sacramental ha sido fructuosa? ¿Consideran su apostolado como una respuesta comprometida al amor de Cristo? ¿Cómo viven su búsqueda personal por Cristo? ¿Viven un compromiso interior con los valores del Reino de Dios? ¿Reconocen los dones que el Espíritu Santo ha derramado en ellos y en la comunidad? ¿Qué entienden por participación activa y fructuosa en la Eucaristía y la Reconciliación? ¿Qué piensan de su propia experiencia de pecado? ¿Qué piensan de su propia experiencia de la gracia? Son preguntas que la Nueva Evangelización pone en nuestros corazones y en el corazón de cada discípulo. Necesitamos un nuevo Pentecostés que nos renueve desde los cimientos de nuestra fe, nos revele los misterios del Reino de Dios en nuestro tiempo, nos ayude a reconocer y alentar el deseo de Dios inscrito en nuestros corazones, nos una en una sola fe, un sólo bautismo, en entrega personal y libre, como discípulos y como comunidad eclesial, para dar frutos de caridad como verdaderos hijos de Dios. Necesitamos una verdadera obra de reingeniería que fortalezca los cimientos y columnas de nuestra vida cristiana.

La necesidad del Testimonio Cristiano

13. La fraternidad y solidaridad de los discípulos constituye un elocuente mensaje misionero para todo el pueblo de Dios, creyentes y no creyentes. Nuestro Plan de Pastoral Orgánica las propone como uno de los logros a alcanzar. En nuestra Arquidiócesis, hay testimonios de amor fraterno y solidario que se traduce en obras de caridad, entre los fieles, movidos y animados por los mismos pastores en sus comunidades. Pero al mismo tiempo hay situaciones en que el individualismo y el egoísmo que caracteriza nuestra sociedad, impide estos signos de comunión

De aquí la importancia del trabajo incansable de todos por alcanzar la madurez en Cristo, que no es otra cosa que la madurez de las personas empujadas por el Espíritu Santo que refresca lo más profundo del ser humano para no desanimarse ante los grandes retos y dificultades propias de la vida humana y de las circunstancias presentes, sino con la fuerza del amor de Dios que lo impulsa a responder con valentía y esperanza, sirviendo a al ser humano en sociedad en la búsqueda de la verdad fundamental, la promoción y realización del bien común, la contemplación de la belleza, el orden de la justicia y la caridad, en la humilde entrega de la propia persona a Cristo en el amor a los hermanos. Esa sería una de las manifestaciones de un Nuevo Pentecostés que iluminaría la cultura de nuestra comunidad con su invitación a la bienaventuranza del Reino de Dios. Es una obligación urgente de los cristianos como persona que vive en una cultura concreta.

14. El discernimiento sobre la Nueva Evangelización tiene como uno de los focos principales la madurez de los discípulos en Cristo, buscadores de la verdad y de la santidad de vida, como personas comprometidas en el ser y la fidelidad: “es la acogida por parte de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta magnífica y dramática hora de la historia.” Se trata de discípulos que han profundizado en la fe, que han conocido a Cristo de manera misteriosa, pero clara, a quienes Cristo ha tocado de manera definitiva en su historia y que han decidido consciente, intencional y libremente ser discípulos de Cristo en comunión con la Iglesia y se han comprometido a participar activa y responsablemente en la misión de la misma y dan testimonio de la fe y el amor por Cristo en todos los sectores sociales donde desarrollan su vida. Este testimonio valora y alienta las iniciativas éticas y políticas en busca del bien común y la promoción humana, especialmente de los más necesitados, pero reconoce la supremacía de la revelación cristiana que las lleva a su plenitud. En este momento de nuestra historia, es necesario que los sacerdotes vivamos en cercanía con el pueblo (“con olor a ovejas”) y dispuestos a dar la vida por nuestras comunidades. Nosotros los sacerdotes no podemos vivir alejados de nuestras comunidades que sufren, que se alegran, pero que esperan de nosotros un mensaje de vida.

15. Ahora que Dios nos concede con el gozo de la efusión del Espíritu Santo, en esta fiesta de Pentecostés, festejar y agradecer los primeros 50 años de la Coronación Pontificia del la bendita imagen de Nuestra Señora del Roble, Patrona de la Arquidiócesis de Monterrey, que este Espíritu nos impulse, vencidos nuestros temores, a proclamar con nuestras palabras y acciones, en comunión con el Papa Francisco y toda la Iglesia universal, la presencia renovadora, del Cristo resucitado y glorioso a imagen de los primeros apóstoles.

Imploro la protección e intercesión de nuestra Santa Patrona, la Virgen del Roble, para llevar a feliz término nuestro Plan de Pastoral Arquidiocesano.

Madre Santísima del Roble, ruega por nosotros que recurrimos a ti.

María, Estrella de la Nueva Evangelización, ruega por nosotros.

En la Sede de Monterrey a los 18 días del Año de La Fe 2013

Fiesta de Pentecostés.

Mons. Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Monterrey